22 de junio de 2010

ÉRAMOS TAN POBRES

Éramos tan pobres, en ese lugar de Sudamerica, que en la escuela se empeñaban por hacernos pintar la Navidad con nieve y un Papá Noel abrigado hasta los dientes, cuando en Navidad hacía tanto calor que era mejor estar dentro del agua que al lado de un hogar encendido.

Éramos tan pobres que cada Navidad, a pesar de que no éramos tantos nietos, Papá Noel nos traía pocos y muy humildes regalos. En casa de la abuela Lila, solía dejar todos los años la típica bombacha rosa, en casa de los tíos algún par de medias o cosas útiles y el Papá Noel que pasaba por casa nuestra traía la cosa que esperábamos todo el año: “un juguete”. Era uno y ese aceptábamos sin reprochar, porque creo que nunca escribimos la carta a Santa, nos acostumbramos a que lo que nos traía estaba bien para nosotros. Y no era un regalo costoso, se trataba de una simple muñeca de trapo o un autito de madera.

Éramos tan pobres que no nos vestíamos nunca de gala para festejar Navidad, no recuerdo nunca que mamá se haya puesto un vestido rojo o que papá usara traje y corbata, a mala pena tendría uno y era seguro pasado de moda y de talle. Nos bastaba un par de zapatillas, y una remera con pantalones cortos, porque íbamos todos a la casa en la orilla del río del abuelo.

La casa del abuelo era como una cajita de cemento, el abuelo era albañil y la había hecho solo. Para ahorrar en muebles había hecho la estructura de las camas en cemento, y afuera horno de barro y pileta para los chicos. La pileta raspaba las rodillas si te tirabas fuerte, porque también era de cemento, y el abuelo cuando podía la pintaba de azul para que el agua se pareciera al agua de una isla greca.

Éramos tan pobres que en vez de jugar con tecnológicos juegos, jugábamos de noche a la escondida, y no había límites para esconderse, se podía llegar hasta la barranca del río, se podía trepar a los árboles y saltarle de repente a quien te estaba buscando, se podía estar escondido por horas en algún rincón oscuro mirando como los bichitos de luz iluminaban la noche cual si fueran lucecitas de un árbol navideño.

Recuerdo que hacíamos una hora de viaje desde la ciudad hasta Villa Verano, así se llamaba ese lugar. En el camino contábamos cuántos árboles de Navidad había iluminados en las grandes casas, porque éramos tan pobres que nuestro árbol era un simple pinito pelado apenas más alto que nosotros, que la abuela adornaba con las pocas bolitas de Navidad que tenía. Pero ese arbolito era mágico porque a las doce en punto Papá Noel dejaba allí los regalos.

El abuelo había plantado un cítrico por cada nieto y tenía una caña de pescar mojarritas para cada uno de nosotros. Después de haber buscado lombrices en la tierra húmeda y haber esperado por horas que alguno mordiera el anzuelo, sentados sobre una piedra, en absoluto silencio para no espantar a los peces, los pies adentro del agua, el sol que comenzaba a caer, los ojos brillantes como diamantes, cuando finalmente lográbamos meter un minúsculo pescadito en el balde de lo pescado, era como haber descubierto una pozo de petróleo en el medio del desierto.

El abuelo tenía en ese lugar un ángulo de paraíso. Dentro de su propio terreno y también afuera, en la barranca donde había excavado con su pala una escalera en la misma tierra para bajar a pescar y que las lluvia se empañaban en borrar, debajo de un castaño que estaba muy cerca del precipicio y donde recojía castañas para comérselas asadas, con los frutos de los árboles que él mismo había plantado. En ese lugar nos podíamos alejar cuanto quisiéramos, jugar hasta caer del cansancio, hasta una vez hicimos una casa bajo tierra, excavando por horas, y nunca nadie nos dijo “no te ensuciés los pantalones”.

Éramos tan pobres que cuando terminaban las fiestas volvíamos a casa con las mismas zapatillas rotas, pero más rotas que antes. La abuela nos paseaba por todo el terreno recogiendo las flores más perfumadas para llevar a casa. En el auto ya, nos dormíamos del agotamiento, mientras saludábamos detrás de una nube de porvo nuestra Villa Verano.

Éramos tan pobres que los colores no eran de acuarela sino reales, el marrón era tierra y tenía olor a tierra, el verde era pasto recién cortado y manchaba la ropa, el amarillo era sol y dejaba en la piel su recuerdo, el azul era el de l cielo abierto de verano. Éramos tan pobres adorabamos el silencio, la lentitud del tiempo, lo poco para nosotros era mucho, lo simple era extraordinario, la Navidad era en sí un regalo maravilloso, la esperábamos cada día del año, pintando muñecos de nieve y Papá Noel abrigado hasta los dientes.


Publicado en el libro "La última noche del juguetero", Editorial Fergutson, España, Dic. 2009

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Foto: "San Cristóbal de las Casas - México" Gerardo Angiulli http://www.artistswanted.org/Angiulli_photography

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