22 de febrero de 2011

EL GLOBO Y LA NUBE

Este es un cuento del que me enamoré enseguida. Nunca en mi vida encontré una fabula que explicara mejor el amor más allá de todo. Una metáfora dulce y sutil para explicar qué sucede con el amor después de la muerte. Tuve el placer de ilustrar sus personajes para el libro "La sopa de letras" de Editorial Fergutson, y en colaboración con su autora, Mar Solana, lo comparto para que lo lean en esta versión a colores...

"El Globo y la Nube es la historia de una intensa y verdadera amistad que va más allá de prejuicios, intereses y momentos superficiales. Es un cuento que responde a la necesidad de hablar sobre el Amor incondicional, ese Amor con mayúsculas que traspasa fronteras y que perdura más allá de la muerte. Las personas se vuelven a encontrar en otras vidas, bajo aspectos diferentes, pero con idénticas esencias. Doña Nube y Violeta son amigos de verdad, sin tapujos, caretas o cínicos intereses, se dan su cariño sin pedir nada a cambio. Son como esas manos amigas de pétalos de rosa y té caliente; manos que abrazan, acunan, regalan y acogen; manos que jamás podrán separar o repeler…" Mar Solana




Amarillo y Naranja miraban boquiabiertos e impotentes como su hermano, el globo Violeta, se alejaba cada vez más deprisa hasta convertirse en un puntito apenas visible sobre el fondo celeste. La claridad de un día de primeros de junio permitió ver cómo un firmamento cristalino lo engullía sin piedad. “¡Papi… mami… se me escapó un globo!”, fue lo último que oyó Violeta flotando angustiado, antes de perderse en el azul de un cielo insondable.






MAR SOLANA

Les presento a una querididísima compañera de letras, con la cual tuve el placer de compartir algunos libros en las antologías de Editorial Fergutson.

Mar Solana nació un lunes de una fría mañana de noviembre de 1965, en el otoño de un Madrid todavía incierto y convulso. Empezó a escribir a los once años, la misma época en la que descubrió que los Reyes Magos eran los padres de cada uno y que las ilusiones eran como los castillos de naipes de aquel país mágico de Carroll… Le gustaba mucho imaginar y escribir historias que contasen todo lo que ella vivía jugando en soledad. Durante su juventud hizo sus primeros pinitos en poesía y ensayo. Y hace dos años, en el ecuador de su vida, lo retomó con verdadero entusiasmo y tesón para escribir sus primeros cuentos y relatos. Todo el amor hacia la literatura se lo debe a su padre, él le inculcó la curiosidad por los libros desde muy pequeña y a su madre, la imaginación. Creó su blog: “Mar adentro” (http://marsolana.blogspot.com/ ) en marzo de 2009 para sacudirse la vergüenza de mostrar en público la soledad de sus escritos. En junio del mismo año publicó su primer libro en coautoría:


“Juan Cano Solana: 1915-1936. Un poeta en tiempos de guerra”. Algunos de sus relatos, cuentos y microrrelatos están ya publicados en sendas Antologías y este año ha colaborado en el primer número de la Revista “Creatividad y Literatura".

Puedes leer en este blog "El erizo más feo del mundo" de Mar Solana y "El globo y la nube".

ERINO

En apariencia las fábulas para niños son para niños, pero creo que en realidad las entendemos de grandes, aunque las llevamos dentro de nuestro corazón toda la vida. En apariencia las cosas parecen una cosa pero son otra, como lo es Erino. Tuve el placer de dibujarlo para el libro "La sopa de letras" de Fergutson. Los dibujos tenían que ser en blanco y negro, por eso Erino, curioso por ver como eran esos maravillosos días de primavera vio plasmada su alma en pocos colores. Les presento este maravilloso cuento de Mar Solana, con una introducción de la autora, y ahora sí, con los colores de la primavera.

" Erino nació de la necesidad de hablar de los complejos y de los defectos, de aquellos que se sienten diferentes al resto o que tienen la sensación de ir siempre contracorriente… Un buen día todo puede cambiar, porque la verdadera belleza está dentro de nosotros. Erino es un “patito feo” actual, moderno, pero básicamente contiene una moraleja muy afín a la fábula original de Andersen;  uno de mis cuentos preferidos."




Erino seguía liso y escurridizo como un cochinillo recién nacido. Todavía no le habían salido las púas y lo normal es que asomen en un ericito a los pocos días de nacer. No parecía un erizo, era feo cual rata de cloaca.

Mamá Eriza recogía el desorden del agujero. Sus cuatro hermosos y rosaditos erizos contaban muy pocos días de vida. Iban de aquí para allá, buscando algo parecido a sus pezones para chupar con avidez, una vez más, la dulce y deliciosa lechecita tibia que tanto les gustaba. Se movían todos a la vez, formando una pelotita de pinchos. Menos Erino, que se pasaba el día boca arriba, en un rincón de la madriguera, moviendo hacia ambos lados sus vivarachos ojillos negros como los arándanos. Mamá Eriza tenía que animarle para que comiera junto a los demás, y cuando estaba dormido roncaba tanto que apenas dejaba descansar al resto. Se preocupaba mucho por él, cada día que pasaba lo encontraba más deslucido y, sobre todo,… ¡tan diferente a sus hermanos! Rezaba todas las noches para que la primera púa descollara lo antes posible de aquella piel tan deslucida y resbaladiza.

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ACERCA DE LA AUTORA...

18 de febrero de 2011

LA HORA DEL TÉ

No es cierto a las 5 de la tarde como los ingleses, y María que vive en Londres lo sabe bien. No es cierto a las 7 de la mañana, cuando el despertador suena, y yo aprovecho cinco minutos más para después tener que correr por el tiempo que he perdido. Es sin duda a esta hora de noche, después de la cena, cuando los niños han agotado sus pilas, o los hemos obligados a dejar la carga para mañana, que el ritual se enciende.

El agua se calienta lentamente sobre el fuego. En la tetera que me regaló Raffaella, especial para los tés, las infusiones, y todo lo que se pueda preparar con agua caliente. Se deja reposar algunos minutos, se vuelca en la taza, y en el silencio de la casa, donde cada tanto se siente el perro que ronca, es ahí que la hora del té me espera, para reflexionar o relajarme sobre el sillón pensando al día intenso y sin planear demasiado para mañana. La sensación de un momento de oro me envuelve con perfume de hierbas y disfruto de la calma después de la tormenta.

La hora del té es el intervalo entre el bullicio de los niños que niegan el sueño, y el beso que les doy en la mejilla mientras duermen como ángeles. La hora del té es el único momento silencioso de la jornada que me recuerdan qué triste que serían mis días sin todo ese bullicio.

17 de febrero de 2011

UMBERTO ECO, EL PREFERIDO DE LOS LECTORES

De acuerdo con un sondeo sobre el cierre de ventas de libros en 2010 a nivel mundial, el escritor italiano Umberto Eco, nacido el 5 de enero de 1932, fue uno de los preferidos de los lectores, con su más reciente novela 'El cementerio de Praga'.

La lista de los primeros tres es completada por otros dos grandes de las letras universales contemporáneas, como son Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010, con su 'El sueño del celta', y el escritor británico Ken Follet, con 'La caída de los titanes'.

Además de escritor de libros especializados, como filósofo que es, y de éxitos mundiales como 'El nombre de la rosa' y 'El péndulo de Foucault', Eco es un especialista en la cultura de masas y popular, en las que hace diferencia.

Existen las dos posiciones clásicas etiquetadas por Umberto Eco: los apocalípticos, herederos de las ideas de la Escuela de Frankfurt, que piensan que la cultura industrializada idiotiza a las masas; y los integrados, aquellos que se sienten atraídos por estos productos y argumentan que nunca antes tanta gente había tenido acceso tan rápido a tanta cultura y son los que hablan de la democratización.

El escritor italiano Umberto Eco, semiólogo y crítico literario y de arte, quien adquirió fama mundial por su novela histórica "El nombre de la rosa", de la cual se realizó una brillante adaptación cinematográfica, es actualmente uno de los autores más leídos alrededor del mundo.

Nació en Turín, Italia. Estudió filosofía y literatura titulándose por la Universidad de su ciudad natal en 1954, fecha desde la cual ha sido profesor de estética y semiótica en diferentes instituciones de educación superior como las de Milán, Bolonia, Florencia y Turín.

El fundador en 1969 de la Asociación Internacional de Semiótica se dio a conocer a partir de su tesis "El problema estético en Santo Tomás de Aquino", obra editada dos años después de haber obtenido su título universitario.

Mientras daba clases en las universidades de Milán y Florencia, publicó "Obra abierta" (1962) y "La estructura ausente" (1968), en las que da cuenta de su trabajo como catedrático y se orienta hacia la investigación de los sistemas de significación y procesos de comunicación.

El también conferencista internacional se ha hecho popular sobre todo a través de dos novelas: "El nombre de la rosa" (1981) y "El péndulo de Foucault" (1988), las cuales dan cuenta de sus amplios conocimientos sobre filosofía y literatura.

La primera de esas dos obras, adaptada para el cine en 1986, es una historia detectivesca que se desarrolla en un monasterio en 1327, y en la que une a su erudición la fuerza narrativa de una sensibilidad que para muchos críticos tiene poco que ver con el rigor académico de sus obras anteriores.

Por su parte, "El péndulo de Foucault" se trata de una fantasía acerca de una conspiración secreta de sabios, construida en torno a temas esotéricos y enfocada hacia una perspectiva ideológica, que propicia una revaloración del arte narrativo del siglo XX.

Otras de sus obras de gran trascendencia son "Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas" (1965), "La forma y el contenido" (1971), "El signo" (1973), "Tratado de semiótica general" (1975), "El súper-hombre de masas" (1976) y "Desde la periferia al imperio" (1977).

En 1995 publicó su novela "La isla del día de antes", en 1998 "Cinco escritos morales" y en 2001 "Baudolino", sin embargo, de manera especial, los trabajos teóricos de Eco sobre el análisis de los signos y los significados ha influido y creado secuela en varios círculos académicos.

A iniciativa suya, en febrero de 2000 se creó en Bolonia la Escuela Superior de Estudios Humanísticos, que tiene como fin difundir la cultura universal.

Eco es doctor honoris causa por más de 40 universidades alrededor del mundo, entre las cuales destaca la Complutense de Madrid, la de Tel Aviv, Atenas, Varsovia, Castilla-La Mancha, Libre de Berlín y otras tantas en Estados Unidos.

Además de que ha recibido los más prestigiosos reconocimientos y condecoraciones, entre los cuales destaca la Legión de Honor que otorga el Gobierno de Francia.

Umberto Eco realizó hace unas semanas una serie de presentaciones de su más reciente obra literaria, 'El cementerio de Praga', que lo ha colocado de nuevo en los primeros sitios de ventas en el mundo.


Publicado en: http://www.informador.com/ en enero 2011

TODO PUEDE CAMBIAR (o al menos mejorar)

Hoy tuve un mal día. Por empezar es mi cumpleaños. Fecha triste si las hay, más triste que Navidad y Año nuevo juntos. Piensen que donde yo nací, en febrero hace calor, en cambio aquí estamos en pleno invierno. Creo que mi cumpleaños fue una de esas raíces que se quedaron en mi tierra y que nunca pude traer de este lado del globo.

Arranqué temprano a la mañana, los niños aún dormían: a trabajar limpiando pisos para otros, con la esperanza de que sea momentáneo. Vuelvo a casa para encontrarme con qué. Con que mi marido ni siquiera me había dado una mano para hacer las camas, hoy que es mí día! Me toca seguir haciendo lo que hice toda la mañana. Mi cara se alarga aún más. Y él se queda ahí sentado sin decir nada, trabajando en su computadora, pero bien que si no se leía cuatro diarios esta mañana el tiempo para darme una mano le hubiera sobrado.

Ni bien termino de quejarme del hecho me llaman para un nuevo trabajo: tengo que presentarme al instante en la sede del centro comercial. No pueden esperarme ni media hora, me tengo que cambiar, pintar, restaurar de manera milagrosa y tirar afuera la mejor de mis sonrisas en solo 5 minutos! Salgo a toda velocidad para sentirme decir de parte de un encorbatado que usa más palabras en inglés de las que puede entender, que trabajaré nada menos que 1 hora cada quince días poniendo en su lugar la mercadería de la empresa. Yo que antes de renunciar a un contrato part-time pero indeterminado me quejaba porque trabajaba poco, parece que Dios me hubiera castigado…

Llego a casa y estallo en lágrimas. No es justo. Para esta sociedad de una que sabe tres lenguas, una con estudios universitarios inconclusos, dactilógrafa, escritora, mediadora crediticia, pero con dos hijos, vale igual a una persona que no terminó la primaria. No hay contratos con descuentos fiscales si se asume una madre de familia, una con ganas de trabajar. A 34 años soy demasiado vieja para ser “aprendiz”, no tengo desocupación ni nada por el estilo, trabajé demasiado y fui demasiado honesta para conseguir un trabajo nuevo. Todos me miran como un bicho raro cuando digo que mi salud se estaba comprometiendo en mi antiguo trabajo y que opté por renunciar. No se renuncia a un contrato indeterminado, mucho menos en tiempos de crisis! Se vuelve loco al patrón, se finge enfermedad o se busca antes algo nuevo! Como mujer y como madre soy una amenaza viviente. Tener hijos es un pecado capital para el mercado del trabajo.

Lloro, sigo llorando y no paro de llorar. No hay término medio. O eres una mujer en carrera, estéril y con título universitario o eres un parásito de la sociedad, en pocas palabras, madre. O tienes enganches fuertes o acptas acostarte con tu jefe, aunque no sepas ni mandar un mail. O tienes a papá y sus empresas que te asumirán o eres nada. Así funciona en Italia chicos, esta sociedad es un reflejo de lo que tenemos más arriba, y miren bien, tenemos un jefe de gobierno que te da trabajo y te paga bien, si eres una prostituta bien linda.

Estoy enojada con todo y con todos, no puedo contenerme. Me cansé de esperar, me cansé de estar siempre disponible, de correr cuando me llaman y decir “Cierto que sí, no hay ningún problema”, para que en cambio me digan que voy a trabajar una hora cada quince días! Les digo malas palabras de todos colores. Mi marido me abraza, pero no paro, no puedo parar. Tal vez sea una excusa perfecta esta, para llorar el día de mi cumpleaños. Extraño mi gente, mi tierra, mi calor de perros, sobre todo hoy.

Para completar el cuadro, el dentista me hace esperar 45 minutos. Me paraliza la boca por otros 45 minutos y salgo de la sala con el monstruoso trabajo completado: ortodoncia en los dientes arriba y ahora, también abajo. Me duele la cabeza, me duelen los dientes, soy un trapo de piso. Si antes podía imprimir una sonrisa espléndida a favor de mi Curriculum Vitae, no lo puedo hacer más.

Vuelvo a casa y la cosa que calma todas mis penas está allí. Los abrazos de mis hijos que han vuelto de la escuela. Me tiro en el sillón algo cansada pero más bien desmoralizada y mi hijo de 5 años me reprocha de que hoy no he hecho nada y que encima estoy allí descansando. Es que no está acostumbrado a verme quieta, estoy siempre haciendo algo.

Más tarde suena el timbre y entre ramos de flores, regalos, platos de comidas y torta, están todas las personas que me quieren y que mi marido ha invitado a una fiesta sorpresa. Mi fiesta. La mejor desde que estoy en aquí. Siento que me ama más que nunca, no podía ser de otro modo. Afuera hay un sol resplandeciente y parece un día de primavera aunque es invierno profundo. Termino la tarde con las llamadas desde lejos de parientes que aún se acuerdan de mi cumpleaños. Si un día negro como el mío se puede volver un día de fiesta como este, entonces sí que lo creo, que todo puede cambiar, o al menos mejorar.  Mañana conseguiré un trabajo que tenga cuenta de mis virtudes y mis hijos irán a la universidad.

Por hoy perdónenme por el llanto, a veces se llora para desahogarse, a veces para corroborar que los brazos de quién nos ama aún están ahí, a veces para dejar de lado un escudo, una coraza y gustarse por un momento el placer de ser un ser humano frágil y vulnerable.


B.A.

9 de febrero de 2011

Frases

Dos décadas de libros en la Feria Internacional de La Habana

Un auténtico evento de difusión literaria e intercambio cultural

Publicado en: http://www.larepúblicacultural.es/  

Entre los días 11 y 20 de febrero, la Feria del Libro de La Habana, una de los mayores eventos de presentación y difusión literaria internacional, se celebrará en distintos recintos y sedes de la capital cubana.

Este evento de gran magnitud e intensidad no se limita a la mera exposición para la recopilación bibliófila, sino que desarrolla innumerables actos que van desde la presentación de libros, los debates sobre temas literarios y de actualidad, el análisis y exposición de investigaciones vinculadas al libro y otras actividades conducentes a la introducción y apoyo a la lectura.

Por otro lado, otro tipo de actividades culturales se suman a la directamente vinculada al libro, incorporando pasacalles los fines de semana, al inicio de cada jornada de celebración de la feria, que abren la actividad cotidiana trasladando la feria a la calle y llamando a la calle a la feria, pero también actividades teatrales, y diversos conciertos que, con diversas vinculaciones con la actividad de la isla, compaginan lo cubano con el intercambio cultural de otros países, dando un verdadero cariz de internacionalismo a este evento.

A diferencia de otras ferias de nuestro entorno económico, la Feria del Libro de La Habana no toma un carácter comercial en la finalidad de su celebración, ni vincula a las ventas la firma y las presentaciones de libro, sino que trata de llevar a cabo un auténtico intercambio en la difusión literaria y en la potenciación de la lectura.

10 de enero de 2011

ESTE AÑO…

El año ha apenas iniciado, y aunque dicen que los propósitos para el año nuevo se deberían escribir, meditar y desear a partir del 21 de diciembre, día en que baja el espíritu de la Navidad, bueno, creo que aún no es tarde para hacer una lista de buenos deseos, objetivos, metas, sueños que se puedan cumplir. Lo ideal sería anotarlos en un pizarrón, que veamos todos los días, en el trabajo, en una propia agenda, porqué no en del fondo de la computadora, o en una página de blog?

Hay cosas que dependen de nosotros y otras que sucederán, seguirán estando o simplemente desaparecerán sin que podamos influir sobre ellas. De todos modos, y aunque parezcan grandes cosas que no podemos modificar, un pensamiento positivo a favor de buenas cosas nunca viene mal, y quién sabe un día se presente la oportunidad de hacer algo al respecto, como por ejemplo, escribir, como escribimos la cantidad enorme de personas que tenemos un blog.

Nada nos impide escribir a favor de cosas que nos gustaría ver cambiar por el bien del mundo en que vivimos. Nada nos puede impedir expresar una opinión y soñar, seguir incurablemente soñando lo mejor para todos. Seguir creyendo que el bienestar, el amor y la paz, son cosas que alcanzan para cada uno de los habitantes de esta tierra, y no dejar nunca de brindar lo mejor de nosotros mismos a todas las personas que amamos.




Este año
estarán los chupa sangre de siempre,
los que tratarán de quitar a los que no tienen,
hasta la última gota de lo que sea...






Este año estarán los que alzarán banderas, los que construirán muros, los que respetarán estadísticas,  los que irán en misión de paz a algún lugar donde hay guerra, los que a costo de alguna vida defenderán lo que tienen para que nadie pueda quitárselos...






Este año estarán los que dibujarán límites, y separarán sí mismos de todo lo que sea diferente. Estarán los que harán barricadas, empuñarán armas, destruirán ciudades, borrarán del mapa de la tierra algunos números insignificantes, al fin y al cabo somos más de seis mil millones...





Y estarán los que creerán en las mismas palabras vacías repetidas ya otros años, y los que cerrarán puertas protegiendo a sí mismos de un mal que no existe, los que a falta de tener una buena causa adherirán a las que otros digan. Estarán los que por miedo a lo desconocido seguirán el camino de la indiferencia, sin saber que aquella es un pecado capital más grave que todos los demás juntos...








Este año estarán los que saldrán a la calle, llenarán las plazas, reclamarán por derechos estudiantiles, laborales, humanos... Los que unirán manos, los que seguirán el valor de un voto, los que enfrentarán silenciosas e invisibles batallas...


Este año, estarán los que estarán del lado de la ley, y la defenderán a toda costa, sin cuestionarse hacerca de la dignidad humana...






Este año estarán los que sonreirán a la vida,
 los que tomarán cada día, como si fuera el último.
Estarán los que compartirán, reirán,
 no dejarán ni un segundo de dar.







Los que serán felices con poco...

Estarán los que seguirán una pasión...


Estarán los que seguirán un sueño...






Los que seguirán creyendo...


Los que seguirán amando...

Y los que, como yo, seguirán la sonrisa de un niño, o sus pasos silenciosos, cual brújula precisa en el infinito espacio...







Buen año para todos! Y recuerden que el año, sus esperanzas, sueños y propósitos buenos comienzan cuando lo decidimos nosotros...




Gracias a Gerardo, por sus maravillosas fotos, que me llenan de insipiración y llenan de alegría mi blog...

BOCA

Boca

más que dientes

más que lengua

más que labios



Boca que junto a la mía

se transforma

se vuelve beso

se vuelve pasión

se vuelve fuego



Boca que al hablar

se vuelve poema

canción, susurro,

murmullo



Boca que al estar conmigo

se vuelve sonrisa

y a veces risa

se vuelve pucherito

y a veces piquito



Boca que calla

que no dice te amo

boca que no habla

para decir sin sonido



Boca. Sólo tu boca

es más que dientes

más que lengua

más que labios.


30 de diciembre de 2010

Y SI EN AÑO NUEVO…

Foto: "Nile eyes" de Gerardo Angiulli


Y si en año nuevo cambio? Después de todo, como dicen: “Año nuevo, vida nueva”. Si, la verdad que me gustaría cambiar algunas cosas el año que viene, pero visto que he citado una frase hecha, cito otra y digo. Creo que así como todos los días deberían ser Navidad para recordarnos que tenemos que tratar de ser personas mejores, creo que todos los días tendrían que ser Año Nuevo, para tratar de empezar de cero las cosas que no funcionan.
Después de todo, no significa nada. Porque del 31 de diciembre al primero de enero no hacemos otra cosa que comer, tomar, y estar en lo más agradable posible de las compañías. En esos dos días, digámoslo con sinceridad, no hacemos un carajo para darle otro rumbo a nuestras vidas. Es un trabajo que lleva todo el año, todos los años, toda una vida.

Querer cambiar las cosas no es trabajo simple. Lo importante es tener siempre a portada de mano nuestros valores, nuestras convicciones, nuestros ideales, y no dejar de lado jamás las personas y los sentimientos que le dan sentido a nuestras vidas.

Termino el año cubierta de cartas de abogados. Me escribe gente que vive pensando que en este mundo, los que esperamos justicia nos asustamos por una carta certificada. Me escribe gente que cree poder comprarlo todo con el dinero. Yo, me armo de paciencia. Me pongo los guantes y subo al ring, pequeña pero no asustada. Aunque ellos sean el ruso súper- entrenado para matar, y yo sea un modesto Rocky Balboa, subo al ring sintiendo en la cabeza a todo volumen “Eye of the tiger”, y aunque puede darse que yo caiga K.O., puede darse que ellos escupan mucha sangre antes de verme caer.

Yo creo en la justicia, en las leyes, en la verdad, en el karma. No me hace falta ir demasiado lejos para ver que lo que yo tengo ellos no lo tendrán nunca. Porque yo nunca perdí de vista lo que era importante, lo que llevo dentro de mi corazón.

Vivo rodeada de corrupción (vivo en Italia). Vivo en un mundo donde mandan el poder de matar y el poder del dinero. Pero una cosa sé. Que los grandes imperios caen. Que no estamos obligados a seguir el modelo que nos imponen, que tenemos un cerebro que puede pensar, independientemente de las verdades de los otros.

Para el Año Nuevo mi deseo es cambiar el mundo. Es un deseo para el cual trabajo todo el año, y espero que lo hagan así también ustedes. Porque no se olviden que un gran desierto está formado por minúsculas partículas de arena. Les regalo una poesía de Borges, para que empiecen el Año con ganas de hacer muchas cosas buenas. Fue leída por el escritor de “Gomorra” en un programa de televisión italiano que hizo mucho por cambiar este mundo… y a mí me encantó. La comparto con ustedes…



Poema Los Justos

de Jorge Luis Borges





Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada

Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.






21 de diciembre de 2010

AIRE DE NAVIDAD



La Navidad se acerca y, sobre todo se respira en el aire. Por aquí anduvo anticipando un poco de su magia con algunos copos de nieve, y tengo que admitir que, aunque extraño mis Navidades con 35 grados de calor, al aire libre, con mucho verde y pileta, la clásica Navidad con nieve de esta parte del globo, tiene algo especial.

Afuera todo es blanco, pero lo que importa es que adentro haya calor. Lo importante es que se dejen de lado malentendidos y broncas pasadas y se reúna con la familia. Lo importante es que dentro del corazón de cada uno de nosotros, a pesar de que el mundo sea frio y siga su curso alocado, todo se detenga y sea silencioso y calmo como cuando caen los primeros copos de nieve. Como cuando todo parece ir en cámara lenta, y aunque es una cosa vieja como el mundo, logra siempre arrancarnos una sonrisa. Así como en ese hogar que calienta nuestras casas tiramos continuamente leña para darnos calor, que queme siempre en nuestro corazón una llama de esperanza, de ilusión, de amor.

Esta Navidad más que nunca me recuerda cual es la cosa que le da sentido a estas fechas, y, sinceramente cual es la cosa que le da sentido a cualquier fecha del año. Ellos. Esas dos criaturas que esperan ansiosas. Que abren día a día un calendario Navideño con ventanitas de chocolate que se vacía todos los años antes de tiempo. Que cuentan, que desean ansiosos, ese momento, que no gira solamente alrededor de un regalo, gira alrededor de un momento de magia, en el cual, necesariamente estaremos junto a otros, familia o amigos que sean.

Se preguntaron alguna vez porque en esta fecha del año seguimos una tradición que a veces en la vida cotidiana no nos apasiona? Muchos de nosotros, no vamos a la iglesia y no profesamos o practicamos la religión del hombre que nació el 25 de diciembre de 2010 años atrás. Y sin embargo, para nadie pasa desapercibido este momento. Es que en Navidad festejamos el nacimiento de un niño especial, único, en el que los hombres habían depositado esperanzas de paz y de armonía para este viejo y cansado mundo. Y yo creo que todos seguimos el mismo festejo porque en el fondo queremos creer que sucederá. Que por algún hecho histórico, o bajo la forma de una persona, la magia de la paz en el mundo un día será realidad. Cuando a media noche abrazo a los que quiero, la euforia de que algo cambiará hace latir más fuerte mi corazón.

Pero hay algo que recuerdo siempre. Para mí, es siempre Navidad. Para mí, cada niño que nace en el mundo trae un mensaje de amor y paz. Trae algo de los ángeles y nos recuerda que el cielo no está tan lejos. No importa si nace en Palestina, Israel, África, Perú, Australia, España o Argentina. Cada niño que nace es hijo de Dios. Cada niño que nace recuerda a los hombres que no solo en Navidad tienen que ser mejores, tienen que serlo siempre. Cada inocente criatura morirá crucificada si no ponemos fin a los males de este mundo, si no nos despertamos y entendemos que Navidad es todos los días. Y todos los días hay que dar lo mejor de sí mismo para convertir este mundo en un mundo mejor, por ellos, por ese niño que nació aquel 25 de diciembre, y por los otros millones que nacen cada año. Porque sin su mirada dulce, no tendríamos credo, porque sin el corazón inocente de un niño, este mundo ya habría desaparecido entero.

Les deseo una Feliz Navidad a todos!! Con afecto… Bibiana.

14 de diciembre de 2010

UN INTRUSO EN EL JARDIN

(Mientras nos preparamos para Navidad, les dejo para leer un cuento de Navidad, para chicos y grandes, publicado por Editorial Fergutson el año pasado...)


María se despertó una mañana, abrió las persianas y encontró una sorpresa en el jardín del condominio. Desde el primer piso de su casa se veía perfectamente. Justo en el medio y con un aspecto algo penoso, un muñeco de nieve con una bufanda roja le daba los buenos días. Pero había algo de extraño en aquel muñeco, María lo observó por algunos minutos y antes de dirigirse al baño a lavarse la cara y los dientes, se colocó los anteojos para ver mejor. Por empezar, las fiestas habían pasado, era ya el 10 de enero, y por lo general los muñecos de nieve se hacen antes de las fiestas. Segunda cosa, ¿quién lo había hecho? No vivían niños en ese edificio, allí eran todos ancianos. Así fue que, no teniendo nada mejor en que ocupar su tiempo, María bajó después del desayuno a observar desde cerca al nuevo intruso.

_ Muy mal hecho.

_ La verdad que sí. _le respondió Nazareno, el vecino de al lado que al ver a María sola en el jardín observando esas dos pelotas de nieve una sobre la otra, bajó a investigar qué sucedía.

_ ¿No lo habrás hecho tú? _ preguntó María.

_ Absolutamente no! _ respondió Nazareno enojado _ Cómo se te ocurre que me ponga a hacer muñecos de nieve en el medio de un hermoso jardín como este. Y además, con la poca nieve que queda está tan sucio de tierra, y con esa vieja bufanda de lana, no hace más que dar pena y afear nuestro jardín.

_ Shhhh _ dijo María _ No, grites, que puede ser que hayan sido los nietos de la del segundo piso, y si te escucha decir que es feo se enojará.

_ No me importa! _ gritó aún más fuerte Nazareno _ Es horrible y basta! No entiendo a quién se le puede haber ocurrido hacer semejante cosa sin ni siquiera pedir permiso a nosotros, los dueños de este lugar!

Los gritos de Nazareno atrajeron hacia los balcones a los otros cuatro vecinos. El condominio estaba compuesto por seis departamentos, y el jardín, que pertenecía a todos por igual.

Después de unos instantes se había armado un gran alboroto alrededor del muñeco. Ya todos los vecinos, menos la del segundo piso a la izquierda, discutían sobre el muñeco, queriéndolo derribar si no aparecía de inmediato quién lo había construido.

_ Voy a buscar la pala _ dijo Nazareno _ solucionaremos en seguida el problema, y a quién va construyendo horribles muñecos por las noches se le irán las ganas de arruinar un jardín como este.

_ No, espera _ dijo Cándida, la señora viuda del tercer piso a la izquierda _ No lo tocaremos hasta no saber quién lo ha hecho. Propongo una reunión en mi casa para hablar del tema esta noche, y resolver la cuestión pacíficamente. Invitaré a todos los que vengan a hablar como personas adultas con chocolate caliente.

Y nadie faltó. Porque el chocolate caliente de Cándida era irresistible, y capaz de ablandar, al menos por unos instantes, los corazones más duros del vecindario. Cándida con los años había aprendido cómo tratar a gente cabeza dura como esos vecinos, y nunca se ponía a discutir por pequeñas cosas, trataba de llevar a todos a resolver las cosas en paz.



Durante la tarde en cada casa se discutió del tema, y a la noche, en casa de Cándida cada uno dijo su opinión. Nazareno y su esposa sostenían que había que derribar el muñeco sin importar quién lo había hecho y porqué. Mario, del segundo piso a la derecha estaba de acuerdo con ellos. María, que lo había descubierto, quería que antes de derribarlo se descubriera la verdad, quién lo había hecho y porqué no había pedido permiso a todos los vecinos para hacerlo. Los vecinos más ancianos del edificio, coincidían con María. Cándida guardó su opinión para el final, pero antes habló la del segundo piso a la izquierda.

_ Yo pienso que no tendríamos que tocarlo.

_ Ehhhh!!!! _ Un suspiro general se oyó en la sala, y comenzó el alboroto nuevamente.

_ Dejemos hablar a Josefina _ Pidió por favor Cándida.

_ No tiene derecho! _ Dijo Nazareno _ Hace solo dos meses que vive aquí, como se atreve a decir que deberíamos dejar ese horrendo monstruo en nuestro jardín!

_ No es un monstruo _ dijo Josefina _ Alguien hizo un muñeco de nieve en nuestro jardín y yo creo que es algo hermoso.

_ ¿Hermoso?? _ Respondieron a coro algunos vecinos.

_ Si, hace años que no veía uno en ninguna parte de esta ciudad.

_ Después de todo, ¿que mal nos puede hacer tener un muñeco de nieve en el jardín? _ preguntó Cándida _ Con el llegar de la primavera se derretirá y nadie tendrá que derribarlo.

_ Ese horrible monstruo... _ murmuró Nazareno.

_ Está bien, que se quede hasta que el sol lo derrita, podrían haberlo construido los nietos de cualquiera de nosotros _ agregó María.

_ Votemos _ dijo Cándida.

Todos se quedaron pensando en las palabras de María. ¿Qué pasaba si el muñeco había sido construido por los nietos de alguien del edificio? ¿Qué clase de salvajes eran los abuelos que destruirían la sorpresa de los nietos? El muñeco había aparecido un lunes a la mañana, así que podría haber sido construido por algún nieto antes de volver a su casa.

Así fue como se quedó en el jardín, y todos, pensando que podrían haber sido los propios nietos los autores de la sorpresa, dejaron de llamarlo monstruo y le dieron un nombre elegido por los niños. Lo llamaron Pino.

Pino se quedó en el jardín hasta la primavera. Los niños jugaron con él, y le pusieron nieve en los agujeros que cada tanto se le hacían, le acomodaron la bufanda cuando el viento se la hacía volar, y le cambiaron varias veces la zanahoria que tenía por nariz. Pero no se sabía quién lo había construído.

Con el llegar de los primeros rayos de sol, la nieve se comenzó a derretir lentamente y algo inesperado sucedió. Se comenzaron a ver dentro de Pino pequeñas ramitas de árbol. Nazareno lo observó de cerca, y con el pasar de los días, los vecinos descubrieron que Pino escondía otro secreto: en realidad el muñeco había servido para despistarlos, lo que escondía era un pequeño árbol de pino!

_ Este sí que es un monstruo _ dijo María _ Seco, flaco y feo.

_ Tendríamos que haberlo sacado desde el principio _ dijo Nazareno.

Y así fue que recomenzó el escándalo entre vecinos. Y así fue como Cándida tuvo que invitar a todos a tomar limonada a su casa para tratar la cuestión pacíficamente. Pero esta vez no se llegó a ningún acuerdo. Por más que las mujeres más dulces del edificio trataran de convencerlo, esta vez Nazareno estaba decidido a buscar su hacha y cortar el árbol. Simplemente porque su aspecto era feo, después de pasar un invierno escondido debajo de la nieve.

_ Si no aparece la persona que lo plantó engañándonos a todos, este mismo domingo lo convertiré en leña _ sentenció Nazareno.

Todos se quedaron sin palabras, menos Josefina, la vecina del segundo piso a la izquierda, que se empeñaba en convencer a todos que quitarlo era un error. Decía que había que darle al menos una primavera de oportunidad, porque como cualquier cosa, si uno corta el tronco de entrada no deja crecer lo bueno.

_ Lo cortaré este mismo domingo, si no confiesa que ha sido ella la que nos ha engañado a todos!_ dijo Nazareno acusando a Josefina.

Así fue que ese domingo por la mañana, delante de los ojos de todos los vecinos que observaban desde los balcones, Nazareno se dirigió hacia Pino con el hacha en mano. Y dio el primer golpe. Todos cerraron los ojos, porque al final, no había nada de malo en probar si un árbol lograba crecer. Cuando estaba por dar el segundo golpe, se oyó una voz.

_ Fui yo! _ dijo la voz.

_ ¿Quién habló? _ preguntó Nazareno mirando hacia los balcones.

Fui yo, abuelo! No lo cortes! _ le dijo su nieto des seis años corriendo hacia è y abrazandole las piernas.

Nazareno dejò caer el hacha y se llevò a su nieto en abrazado fuerte y sin decir nada. El niño luego contó que había sacado de la basura el árbol de navidad que los abuelos habían comprado en el supermercado, casi seco y sin vida. Contó que lo había plantado en el jardín con la ayuda de otros nietos del vecindario para que Pino no muriera, y que la idea de disfrazarlo para que lo dejaran vivir allí, había sido suya.

Después de ese día no se discutió más sobre el tema, y Pino comenzó a sacar sus primeras ramitas verdes, al final del verano era un hermoso árbol en el medio del jardín. Para la navidad siguiente había recuperado su tamaño normal, y cada navidad crecía de altura al igual que los niños del edificio, hasta que los sobrepasó y se volvió altísimo y majestuoso. Cada navidad no alcanzaban las lucecitas del año anterior para adornarlo por todo lo que crecía, y en verano su sombra daba respiro a los ancianos en las acaloradas tardes.

No pasó un día sin que Nazareno se preocupara de si le faltaba agua o si había que podarlo. Y así fue como el monstruo del jardín se convirtió en el árbol más hermoso de todo el barrio. Y así fue como en ese vecindario todos los árboles de navidad comenzaron a ser salvados. Ningún barrio es tan bonito, tan lleno de aire puro y tan verde como ese. Pareciera que un mágico encanto se hubiera volcado en ese lugar, y sin embargo nadie ha hecho más que una simple cosa: dejarlos crecer...

26 de noviembre de 2010

EL HOMBRE QUE AMO

Foto: Gerardo Angiulli
El hombre que amo

camina por las veredas de la ciudad

me lo encuentro en una plaza,

en una esquina, en un bar



A veces me mira

o me dice cosas

A veces me ignora

o simula que no existo



De a ratos lo conozco

o acabo de conocerlo.

Cuando tengo ganas de verlo

salgo a la calle y observo.



El hombre que yo amo

está disperso por todas partes

y voy encontrando sus trozos

en distintos cuerpos andantes.



Tiene apariciones de ángel

Pero comportamientos de demonio

- tiene algo de Dios

y algo del Diablo -

me hace promesas

y nunca promete cumplirlas



A veces creo que se ha metido

de lleno en un solo cuerpo

Me hace feliz por un rato

después se aleja como un gato.



En cada hombre

encuentro partes de él,

que cambian, se transmutan,

ponen en duda mi convicción.



Nunca consigo todas sus partes

siempre algo queda afuera

para confundirme y desafiarme,

para ver si de una vez por todas

amaré lo que tengo sin quejarme.




B.A.

18 de noviembre de 2010

FELIZ

Foto: Gerardo Angiulli

Feliz. Simplemente feliz. A ustedes, que cosas los hacen felices? Me gustaría saber… soy curiosa. El porqué de mi optimismo es simple, banal. Empecé a hacer lo que me gusta hacer. Creo que no debe haber cosa más linda en la vida que trabajar de lo que a uno le gusta. Y un verdadero “gol” seria descubrirlo temprano cuando tenemos la suerte, aun, de elegir un camino. Pero creo que si el deseo no muere, tarde o temprano, las calles de la vida te tiran por esos lados, te acercan y te alejan, te dejan ver y te quitan visión, de lo que tendría que ser, tal vez destino.

Pero destino es una palabra que no está escrita, y la vida no regala nada, por eso toca a nosotros poner manos a la obra, y sudar, correr, saltar, rasparnos las rodillas, caer, llorar, pensar que no se puede, y después… volver a intentar. No es un manto de hierba lo que nos conduce a lo que nos hace felices. Es más bien un camino sinuoso, en subida, lleno de piedras filosas y obstáculos. Y puede ser, que después de todo ese sacrificio no lleguemos nunca.

El ser humano se acostumbra rápidamente a las cosas buenas, y, enseguida se aburre y se olvida cuánto cuesta conseguirlas. Por eso la vida quiere que el camino sea sinuoso, que sea terrible y agotador. Entre medio de todas esas piedras, cuando nace una flor, es un milagro. Porque no es una de las tantas a las que nos acostumbramos a ver. Es UNICA. Así, son los amigos para mí. ESPECIALES. Cada uno de ellos es una flor entre medio de rocas frías y pesadas.

Existen los días grises, nublados y fríos, para recordarnos que un día de sol en un milagro maravilloso. Si fueran todos días de sol, no recordaríamos cuanto cada uno de ellos, es precioso.

Estoy feliz porque aprendí que son las pequeñas cosas las que te llenan el alma. No es llegar a la cima de la montaña lo que te da paz. No es pasar primero que los otros y ganar la carrera, sino llegar de la mano de alguien, dar una mano a quien ha caído, descubrir en los demás la propia razón de vivir. Son cosas que están ahí, al alcance de la mano, pero que hay que tener la capacidad de ver. Ese abrazo que llega cuando más lo necesitamos, es más importante que cualquier otra cosa.

Y a ustedes? Qué cosas los hacen felices? Soy curiosa… cuéntenme…

11 de noviembre de 2010

I BELIVE (Yo creo)

Cada vez que Greenpeace me manda un e-mail pidiéndome la firma para pedidos que reguardan mi amado país de origen, por más que esté apurada y tenga que dejarlo para más adelante, no puedo negarle una firma a la parte de mi que sueña con un mundo mejor.

Aunque a veces pareciera que somos pequeñísimas hormiguitas dominadas por un grande gigante que nos dice lo que tenemos que hacer, hay hormiguitas que se anteponen a grandes cosas, y cuando muchas hormiguitas comienzan a unirse, el gigante las comienza a sentir las picaduras.

No puedo más que sentirme feliz cuando después de algún tiempo me comunican que logramos, después de incansables luchas ellos, y variadas peticiones, el resto de nosotros, que los senadores aprobaran una ley que protegiera uno de los tesoros más hermosos que tenemos en Argentina y que son los glaciares. Quien no haya tenido la suerte de estar en Patagonia tiene que saber que es un lugar mágico, único, inmenso, donde cualquier sistema de medición parece perderse en el absurdo de la maravilla. La gente dijo “No” a la mina de metales preciosos, la gente dijo preferimos los glaciares, que no son de nadie pero son de todos. La herida de una mina no sana nunca, la historia así lo cuenta.

Yo creo que en la vida todo vuelve, sea bien o mal que se haga. Yo no pienso que el que se convirtió en magnate explotando a los demás duerma a la noche tranquilo. Yo creo que hay tesoros, como el de una familia que te ama, o amigos con los que se puede contar, que no se compran con dinero, ni sucio ni limpio que fuera. Yo creo que las buenas acciones cuentan, que no hay que cansarse de dar, porque algún día, estaremos allí preguntándonos, que hice yo para merecer todo esto? Bueno o malo que sea, el espejo devuelve siempre, nada más y nada menos que lo que somos…



B.A.

9 de noviembre de 2010

LOBO DE MAR

No sé cuantos años tenía Paolo. No te lo decía nunca. Seguramente más de setenta, no lo puedo precisar con exactitud. Sólo sé que era un viejo cabeza dura. Cuando me fui del restaurante no me dolió el hecho de que me habían usado, de que me habían faltado el respeto en cuanto empleada. Lo que más lamenté cuando me fui de allí fue no haber tenido el saludo de Paolo, una especie de buen augurio, de bendición, de amuleto, que hubiera querido llevar conmigo.
El acuerdo era que el sueldo que para un trabajo de verano tan fatigoso y pesado era realmente miserable, dado que tendría que trabajar absolutamente todos los días diez horas, sin jamás tener reposo durante la temporada alta, en invierno se volvía conveniente dado que las horas se reducían a ocho, un día libre a la semana aparecería como una bendición del cielo, y no tendría que correr con los nervios reventados por las pretensiones absurdas de la gente.

No me dolió la rotura de ese acuerdo de palabra entre el dueño del lugar y yo, como tampoco me dolió tener que abandonar la cotidianeidad de los borrachones de todos los días, de los tipos de ego de gallo, de los compañeros de trabajo que nunca se convirtieron en verdaderas amistades. Lo que sí me dolió fue no poder saludar a Paolo como yo hubiera querido, con un abrazo entre nieta y abuelo que hubiéramos podido ser. Porque Paolo era rencoroso y cabeza dura. Si perdías su confianza aunque él no tuviera razón, rompía todo tipo de contacto y tiraba todo a la basura. Nunca me perdonó.

Pintaba las paredes del restaurante de un amarillo patito escandaloso la primera vez que lo vi. Subido a una escalera, en el último peldaño jugaba con el vértigo al borde de la terraza que separaba las aguas del mar del interno del restaurante. Como yo, él mismo se había presentado de propia voluntad para trabajar de lo que fuera. El aspecto del lugar era desalentador, parecía imposible pensar que en una semana tendríamos que estar abriendo las puertas a la clientela. Junto a la otra moza, una cubana, limpiamos, ordenamos, quitamos manchas de pintura rebeldes, desengrasamos, dejamos todo impecable para la inauguración, a costo de arruinarnos las manos, la espalda y las fuerzas. Con la cubana hablábamos en italñolo, una mezcla de italiano y español, eficaz al momento de acortar frases y elegir términos adecuados y divertidos. En esos días yo no hablaba mucho con Paolo, me había concentrado en lo que tenía que hacer y quería terminar al menos un día antes de lo previsto para descansar y encontrarme con un poco de energía para poder dejar ver una sonrisa entre tanto cansancio a los clientes el día de la inauguración.

Algunos dicen que fui estúpida a no reclamar nada judicialmente por todo lo que había trabajado en ese lugar. No lo hice porque en ese momento el trabajo me servía, hacía un mes que había llegado a Italia, todavía no había logrado resolver el problema de mis documentos, no tenía ni siquiera un permiso para trabajar, por lo cuál era una invisible, legalmente una clandestina. El dueño del lugar aceptó mi condición a cambio de un trabajo mal pagado.

Hacía un mes que recorría oficinas del estado, registros civiles. Después se convirtieron en cinco, seis meses que me sentía repetir la misma cosa de parte de los empleados públicos después que examinaban mis documentos sin darme una respuesta legalmente correcta: “¿Porqué no te casas con un italiano?” Eso me hacía enojar como una bestia, me daba rabia que la misma gente que se quejaba de los matrimonios combinados para conseguir una ciudadanía fuera la misma que te aconsejaba casarte por conveniencia. Yo quería hacer las cosas bien, quería ser reconocida como ciudadana italiana con los papeles que tenía en mano, que testimoniaban que yo era la bisnieta de un italiano, por parte de padre, que había ido a curarse las heridas de la guerra a la tierra donde yo había nacido. Al final fue casi un parto, porque los meses se alargaron a nueve hasta que me fue reconocido un legítimo derecho contemplado por la ley, y gran parte lo debo a Paolo.

Llegaba a las siete o siete y media de la mañana, desayunaba con un café doble corto que le achicharraría el estómago al más fuerte de los bebedores de café italiano. Hacia las diez de la mañana comenzaba a meter combustible a su motor que ya llevaba años de andar con esa nafta. Se lo servía yo cuando estaba por ahí cerca el primer vasito de vino blanco de mala calidad, y hasta la medianoche, o la una de la mañana, horario en que iba a dormir a casa, no me animé nunca a contar cuántos eran.

Bien temprano llegaba Francesco, con el pescado fresco. Cuando Francesco estaba en medio al mar, venía su madre, una señora que sabía de que se trataba el trabajo duro, con las manos arruinadas por las escamas del pescado, y las uñas cansadas de tanto romperse. Teníamos un binocular en el restaurante, y las mañanas en que el cielo estaba claro nos divertíamos buscando el barco de Francesco que pescaba mariscos. Cuando volvía de las largas y sacrificadas horas de pesca, Francesco se ponía a beber con Paolo o con cualquier compañero de tragos ocasional que encontrara.

Carecía yo de una cultura de pescado y de mariscos. Tal es así que no sé los nombres de ciertos pescados o mariscos en mi propia lengua y nunca me preocupé por buscar en un diccionario porque para mí son palabras que tienen un significado sólo en italiano. Las tres veces que había hecho kilómetros y kilómetros para ir de vacaciones al mar, era pequeña y me interesaban más las papas fritas con milanesas que una buena paella o un plato de mariscos fritos. Los únicos pescados que conocía eran el sábalo, el surubí, el moncholo, el dorado y la anguila de un río turbulento y marrón. La cena anterior a la inauguración mi paladar entendió la pasión por el “pesce” de los italianos. Paolo nos deleitó con lo mejor de su repertorio de cocinero.





Probablemente se veían así los atardeceres y los amaneceres sobre el barco en el que Paolo había pasado cuarenta años de su vida. Cuarenta años navegando en un grandísimo barco que transportaba mercaderías de un país a otro. En uno de los momentos en que Paolo se animaba a revolver en la salsa de su propia vida, me contó que había estado en mi país, en el ’79, cuando yo tenía solamente dos años, y que se recordaba claramente la ciudad donde nací. Ese restaurante se parecía mucho a un barco, si uno se asomaba de los grandes ventanales de vidrio, miraba para afuera y se dejaba llevar por el movimiento suave de las olas del mar Adriático, se sentía como si estuviera navegando. Era un milagro el nacimiento del sol allí, como también lo era el anochecer, cuando la luna le robaba el lugar a un sol de luz cada vez más tenue. Se mezclaban los dos en lo que los pescadores llaman el amanecer de la luna, un efecto mágico que hace que la luna llena cuando apenas se asoma sea roja como la sangre. Esos atardeceres que hasta el momento había visto sólo en documentales de televisión, como la vez aquella en que una gaviota hizo un vuelo raso, metió su pico dentro al agua, capturó un pez y se lo comió en vuelo delante de mis ojos mientras se me caía lo que me estallaba llevando a la boca, o como las mañanas de mar liso y quieto en que no parecía un mar sino una hoja de metal que reflejaba los rayos del sol, eran para mi parte de una paga mucho más rica que las miserables liras que me daban a fin de mes.

Paolo no se había cansado de esos momentos, porque a decir verdad cada momento junto al mar es único, aunque pareciera una repetición de todos los días. Podría haberse quedado en su casa, esos años que no sabía si serían los últimos de su vida o no, el viejo testarudo. Podría haberse quedado tranquilo, devolviéndoles a la mujer y la hija los años en que lo único que sabían de aquel hombre era que las mantenía. Pero era más fuerte que él, había nacido en el mar, y en el mar probablemente quería morir. Se había embarcado a los 19 años en esa nave, era flaco, con la misma mirada tierna, sostenía un pescado apenas más corto de estatura que él mismo, en aquella vieja foto que me hizo ver. La “nave”, como la llamaba él, era imponente. Alguien, en esos años le había hecho una foto desde otra embarcación, entre la niebla y el mar oscuro, se veía el frente de un barco de acero inmenso.





De pequeño Paolo había sentido la voz del mar que lo llamaba. No lo llamaba con palabras, dice que lo llamaba con un sonido extraño, embriagador. Tenía apenas cinco años cuando recuerda de haber sentido el llamado la primera vez. Mientras los adultos paseaban por la playa desierta de otoño, Paolo se había sentido como cuando se emborrachaba y se había sumergido en el agua helada, detrás de un caballito de mar que brillaba, y cuando lo sacaron del agua continuaba a repetir que no sentía frío aunque estaba más blanco que la arena de una isla desierta. Desde ese momento había sentido que su vida tendría sentido sólo si la transcurría cerca de ese sonido incesante que no logra describir ni tararear hasta hoy en día. Dice que era un sonido paradisíaco que le hacía ver las cosas en modo que todo era distinto, más alegre. Cuántas veces Paolo hubiera querido hacérselo sentir a su esposa, cuando los ataques de soledad le hacían tirarle la primera olla que veía por la cabeza a su marido, que volvía de las largas travesías sin fecha de regreso. Ella no entendía que ese canto le daba a Paolo la vida, entendía solamente que ese canto lo alejaba siempre de ella.





Fue él, la única persona que se dio cuenta que aquel día no había ido a trabajar porque la tristeza me estaba venciendo. Había inventado una excusa estúpida y había faltado al trabajo porque me había invadido una nostalgia tan grande que había pensado en abandonar todo y volver a mi tierra. Cuando regresé al trabajo, con los ojos como dos bolsas cargadas de papas y la cara blanca como un muerto, hacía dos días que yo ni comía ni dormía, no había hecho otra cosa que llorar y escapar de los laberintos de mi mente. Paolo fue el único que no trató de averiguar qué me pasaba, simplemente me preparó un plato de pennette al salmone, el plato que más me gustaba, y fue el único que logró consolarme sin pronunciar ni siquiera una palabra. Con los ojos nos abrazamos con ternura, porque Paolo sabía querer a su modo, no estaba hecho para el contacto directo con los demás.





Cuando le hacía falta una mano, ayudaba a Paolo a limpiar la cocina. Una vez me pidió que le limpiara los ajos, otra, que le triturara a mano las verduras a la vinagreta para la ensalada de mar, y así en el momento entre el desayuno y el almuerzo, en los cuales no venía casi nadie, me quedaba observando como cocinaba y le hacía de ayudante de cocina. Él tenía su secreto en cada receta, y yo nunca osé preguntárselo por respeto.

Cuando no tenía tiempo de cocinarme para que comiera antes que viniera la avalancha de gente, le invadía discretamente y con su consentimiento un poco de espacio en su reino, y me cocinaba un plato de pasta simple, con tomate, aceite de oliva y ajo. Un día Paolo me preguntó si quería cocinar yo misma la famosa pasta al salmón que tanto me enloquecía. Yo lo había observado también cuando había hecho aquel tipo de pasta, así que, presuntuosamente agarré la primera sartén que se me cruzó por adelante y encendí la cocina. Paolo me reprendió en el primer movimiento, no podía usar una sartén para aquella salsa, tenía necesidad de una cacerola, por más que cocinara para una sola persona. Entonces me dejé guiar por sus cuarenta años amor por la cocina. La primera cosa que aprendí fue que cuando se cocina, no se hace otra cosa. Claro, las cosas no se quemaban porque querían, se quemaban porque yo no podía dedicarles el tiempo que se necesitaba para que salieran bien. Paolo me enseñó que el primer ingrediente de cualquier plato es el tiempo. Es necesario dedicárselo. Para una chica nacida en la era del fast food como yo, que se contentaba de sándwich y cosas frías, empaquetadas y llenas de conservantes, era casi como el descubrimiento de la pólvora. No importaba que pudiera entrar alguno de los borrachos a beber el vaso de vino de cada día, o que alguien llamara al teléfono, si eso sucedía Paolo me controlaría que nada fuera en llamas, pero yo tenía que estar ahí. Me prohibió categóricamente alejarme para hacer al mismo tiempo cualquier otra cosa.

Me hizo desmenuzar el salmón rigurosamente fresco con las manos, y después meterlo en la cacerola en la que se bronceaba el ajo junto con el aceite de oliva. No era igual si lo cortaba con el cuchillo, con las manos, dijo. Con la cuchara de madera tenía que tratar de continuar a reducir los pedacitos de salmón en pedazos todavía más pequeños, el tenedor no podía usarlo, no estaba cocinando puré. Un poco de vino blanco que después se evapora, pero igual había que echarlo. No se sabe cuanto, si medio vaso, o un cuarto, había que ir a ojo con Paolo. Se regía con puñados, chorros, pellizquitos, medidas imprecisas. Sólo un segundo antes de agregar la pasta a la salsa, que, ahora sí se terminaba de calentar en una sartén de aluminio grande junto a la pulpa de tomate, me hizo poner un poco de crema y queso rallado y mezclar con la pasta “al dente”. Paolo lo hizo volar por el aire y lo atajó con la misma sartén, lo puso en el plato y le agregó un toco de perejil fresco, cortado a mano con una cuchilla. Aunque a mi no me gustaba el perejil.

Como todo buen maestro, Paolo me enseñó también la parte más desagradable de la cocina, la de limpiar el pescado y la de limpiar la cocina. La última la sabía ya, porque lo había siempre ayudado a dejar reluciente su hábitat pasada la hora de comer, es más yo misma me había encargado de quitar centímetros y quilos de grasa que resistían a los años en que el lugar había estado cerrado. Limpiar el pescado me había parecido siempre repugnante, y sin embargo era necesario que supiera que aletas quitar a ciertos peces para que los clientes no murieran con la garganta cortada. Era necesario que supiera limpiar ostras, mejillones, pescados en general, cada uno tenía su secreto, su limpieza, su manera de ser cortado, conservado o cocinado.

No escribí nunca ninguna de todas las recetas que Paolo me enseñó. Porque contenían secretos que no podían ser escritos para que cayeran en manos de un cualquier atolondrado que quisiera cocinar sin saber ciertos ingredientes que no se escriben. Porque había que conocer la historia de Paolo antes para entenderlas, había que merecerse que él te contara su historia, que tan pocas veces venía a flote entre sopa de pescado y ensalada de mar. Sus recetas aún las recuerdo a la perfección, sobre todo porque nunca tuve que aprender a memorizar cantidades y gramos. Sentí que en esos momentos estaba heredando una cosa que no me merecía. Estaba heredando el tesoro de un gran cocinero, cuarenta años de experiencia sobre un barco, estaba heredando el amor por la cocina que gracias a los estofados quemados y las tortas desinfladas de mi madre pensaba que nunca me tocaría. Era allí que estaban los años que la mujer de Paolo todavía, aún consciente de que no podía volver atrás, reclamaba. Él la amaba más que a nadie en el mundo, pero el amor por el mar siempre había sido más fuerte, y fue por eso que Paolo nunca quiso cambiar de trabajo. Ella se había enloquecido tratando de entender porqué no quería permanecer a su lado, porqué nunca le dedicó el tiempo que era necesario a la familia. Al final se acostumbró a estar sola, a llevar adelante una familia con un marido girando siempre el mundo, que ni siquiera cuando tuvo la oportunidad de vivir como un jubilado sin problemas y devolverle una parte de la compañía que ella rogaba pudo resistir al canto de sirena de su amor más grande.

Porque Paolo, era un gran cocinero, pero tenía la cabeza dura como una sartén de teflón reforzado. No admitía opiniones diversas, y hasta el momento yo lo había aceptado así. El día que expresé mi opinión, netamente contraria a la suya sobre no me acuerdo cual estupidez, Paolo me hizo la cruz. Agravada por el stress de los días más trabajados del verano, la ira no le permitió que viera en mí esa nieta sustituta que yo había sido hasta el momento, y se limitó a hablarme cuando era necesario, estrictamente por motivos del trabajo.

Después de que nos peleamos por una cosa tan insignificante que ni siquiera logro recordarla por más esfuerzos mentales que haga, tal vez no soportó la idea de que me lo había presentado él al abogado Leo Solestri, que a su vez me presentó al director del registro civil del pueblo en el que Paolo había nacido, la única persona competente que tomó en mano el caso de mi ciudadanía y lo llevó a termino.

Cuando me despidieron del trabajo todavía no había terminado el trámite, pero ya las cosas estaban encaminadas para que antes o después pudiera obtener la ciudadanía. Me fui sin despedirme de nadie, llamé diciendo que no trabajaría aquellos tres últimos días porque había ya encontrado un nuevo trabajo. El sueldo me lo habían pagado, así que no volví nunca más a aquel lugar.

Poco tiempo atrás supe que después de un año el local fue vendido, y Paolo se fue. Estoy segura que estará cocinando en alguno de los restaurantes que se encuentran pegados al mar. Cuando algún mozo me traiga el plato de pasta al salmón que sólo Paolo sabía cocinar como me gustaba a mí, probaré a infiltrarme en la cocina con un vaso de vino blanco y hacerme perdonar, aunque creo que el viejo cabeza dura, no lo hará jamás.




Publicado en el libro "Nosotros los inmigrantes, nosotros los emigrados" Australia 2004

2 de noviembre de 2010

HALLOWEEN Y LOS MOUNSTRUOS DEL MAS ACA

 

El domingo se festejó, por así decir, la pagana festividad de Halloween. Importada aquí en Italia por un modelo consumista que ya no sabe que más inventarse para vender pelotudeces hechas en China, ganando el mil por mil sobre materia prima contaminante y trabajo de pobre gente mal pagada. Y aunque las vidrieras se llenan de mascaras y disfraces, por suerte no son muchos los que adhieren a la fiesta. Pasó así en Castignano, pueblito perdido en las colinas de Las Marcas, donde la fiesta no tuvo mucho éxito, y además de los cinco niños de nuestro grupo de amigos, había algún que otro esqueleto o bruja dando vueltas por ahí.

La ocasión valió la pena para estar junto a los amigos, sentarse en una casa vacía en el piso a comer pizza y ver como los pibes se inventan cualquier cosa para jugar prácticamente sin nada. Y como en todo es la imaginación la que cambia las cosas, a esta fiesta no le faltaron monstruos, zombis y vampiros chupa sangre, porque aunque lo veo muy poco, tuve la ocasión de cruzarme con mi vecino a quien por respeto llamaré “El Gran Señor”. Gente distinguida y llena de plata, a la que es mejor no encontrar. Preferible encontrar un zombi y entregarle enterito el cerebro, o un vampiro y ofrecerle sin miedo el cuello, ya que gente como “El Gran Señor” es capaz de sacarte hasta los calzones con tal de acumular más que todos, y no dudará en pedirte el voto con su mejor sonrisa, unos días antes de las elecciones. Podrido en plata como está, manda a los hijos a los cumpleaños de los otros sin un miserable regalo, y se inventa de todo junto a malas compañías con tal de hacerle pagar a otros la parte de gastos de condominio que le corresponde.

Gente como esta es el fiel reflejo de nuestra sociedad, nuestro gobierno, y las malas ideas que nos han vendido en TV, aunque el tema del gobierno lo dejo para Carnaval, porque el tema ya huele a Payaso...

Volviendo al "Gran Señor", todo por la calle todos lo saludan con gran respeto, porque es el dinero que manda en este mundo, pero yo el saludo a un chupasangre como ese se lo niego, y que vengan los zombis a pedirme el cerebro.


B.A.
Fotos: Gerardo Angiulli

26 de octubre de 2010

LA ESTRELLA QUE NO PODIA BRILLAR


Foto: Camila Fiorentini
 
 Había una vez una estrella, una como tantas en el firmamento, pero que a diferencia de las demás estrellas, no podía brillar. De noche cuando la Luna empezaba a invitar a todas las estrellas una a una a iluminar un pedacito de oscuridad, ella estaba allí en un rincón, tratando de entender cómo lo hacían, tratando de encender aunque fuera una pequeña lucecita, que le pudiera dar el honor de ser llamada estrella, ya que no se sentía tal. Y de día, en cambio, quedaba tan agotada en tal empresa, que se dormía inmediatamente y no recordaba nada. Se despertaba sólo con la voz de la Luna, que una a una despertaba a las estrellas, cual si fuera una madre amorosa, que despierta a sus hijos para ir a la escuela.


En todas sus observaciones profundas, la estrella que no podía brillar había notado que en ese dulce despertar ella no estaba invitada, la Luna no venía a llamarla, ni tampoco las otras estrellas, y eso la hacía sentir pequeña, invisible, le hacía sentir que no era parte de esa grande familia, donde hasta los planetas màs lejanos, estaban invitados a brillar.

Triste la estrella, cada tanto lloraba, lo hacía de noche, y lo hacía de día, sin darse cuenta que esa grande tristeza, mojaba los planetas, y hasta los llenaba de agua, creando tormentas y dejando enormes lagos y ríos de recuerdo.

La estrella que no podía brillar admiraba particularmente la luz de la Luna. Nada era para ella más hermoso ni más precioso que la luz de la Luna. La Luna era para ella una especie de Ada Protectora. Y una noche, viéndola esplender de luz blanca, la estrella que no podía brillar le preguntò tímidamente còmo hacía para brillar de luz plena.

La Luna, sonrió, después rió, y pícara le contestó:

_ No lo creeràs pero yo no poseo luz propia, me ilumino por el reflejo de la estrella más grande de la galaxia, la más potente de calor que existe.

Contenta de conocer el increíble secreto, la estrella que no podía brillar, agradeció a la Luna y comenzó a buscar la estrella más grande para poder pedirle un poco de reflejo, que la ayudara al menos a resplandecer. Se armó de coraje y una a una, empezó a preguntar a las estrellas que le parecìan más grandes, pero todas algo molestas respondían: “No soy yo, la estrella más grande de la galaxia”.

Otra vez triste, la estrella que no podía brillar, volvió llorando a la Luna, y le dijo que no lograba encontrar a la estrella más grande de la galaxia. La Luna, riendo otra vez le dijo: “Bastará buscarla de día, cuando todas las demás estrellas duermen”.

Así fue que la estrella que no podía brillar esperó despierta el alba, y pasando por un lago alcanzó a ver una luz luminosa, tan potente que era imposible mirarla. Y con los ojos cerrados por tan maravilloso reflejo, le habló de su problema, y le pidiò si podía ayudarla.

Después de un poco de silencio, sintió una risa. Pero era el lago que hablaba. Y dijo “Nunca creí que el Sol tuviera problemas de luz”.

La estrella no comprendía. Entonces su amiga la Luna, que comenzaba a asomarse, le explicó: “Eres tú la estrella màs brillante de la galaxia, eres tú que con su reflejo me hace brillar por las noches, es sólo que en las noches no se te ve, porque perteneces al día.”

_Cuéntame más. Pidió la estrella.

_Tu calor y tu luz son necesarios para la vida, los humanos te han dado el nombre de Sol, y eres algo que los hace felices solo por el hecho de estar. Dijo la Luna.

La estrella que no podía brillar, entendió que, maravillada por la luz ajena, no lograba ver su propia alma, potente y radiosa como era. Y desde ese día, ayudó a brillar a muchas pequeñas estrellas que no se animaban ni siquiera a chispear. La única que se seguía iluminando gracias a Sol era la Luna, y todavía se las puede ver juntas, en sus largas charlas, cuando en el cielo Sol y Luna comparten un momento juntas. Y en los días sin Sol, o en las noches sin Luna, lo que sucede es muy simple: la charla se ha hecho demasiado larga, y una de las dos se ha olvidado de venir a iluminar el cielo…




Publicado en "Soy un libro y  nadie me quiere" Editorial Fergutson. España

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