18 de febrero de 2011

LA HORA DEL TÉ

No es cierto a las 5 de la tarde como los ingleses, y María que vive en Londres lo sabe bien. No es cierto a las 7 de la mañana, cuando el despertador suena, y yo aprovecho cinco minutos más para después tener que correr por el tiempo que he perdido. Es sin duda a esta hora de noche, después de la cena, cuando los niños han agotado sus pilas, o los hemos obligados a dejar la carga para mañana, que el ritual se enciende.

El agua se calienta lentamente sobre el fuego. En la tetera que me regaló Raffaella, especial para los tés, las infusiones, y todo lo que se pueda preparar con agua caliente. Se deja reposar algunos minutos, se vuelca en la taza, y en el silencio de la casa, donde cada tanto se siente el perro que ronca, es ahí que la hora del té me espera, para reflexionar o relajarme sobre el sillón pensando al día intenso y sin planear demasiado para mañana. La sensación de un momento de oro me envuelve con perfume de hierbas y disfruto de la calma después de la tormenta.

La hora del té es el intervalo entre el bullicio de los niños que niegan el sueño, y el beso que les doy en la mejilla mientras duermen como ángeles. La hora del té es el único momento silencioso de la jornada que me recuerdan qué triste que serían mis días sin todo ese bullicio.

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