6 de julio de 2010

“CONTRATO” esa mala palabra.

Mi jefe iba todos los domingos a misa y sin embargo creo que había olvidado lo que decía en el las primas paginas del Génesis, eso de que el séptimo día Dios “descansó”. Dios era también un gran trabajador, y después de haber fatigado durante seis días con la creación del mundo, dijo stop, chicos, es mejor tomarse una santa pausa. El capitalismo borró completamente aquella ley santa y bendita del descanso dominical. Primero nos pusieron a trabajar de lunes a viernes, fueron agregando los sábados y para aquellos que de lunes a sábados no logran ni asomarse a la calle para hacer una compra de supermercado, inventaron los centros comerciales, donde una banda de pobres desgraciados suda cuando los demás descansan.

Hasta allí estaba de acuerdo yo, cuando firmé mi contrato de trabajo en aquel nuevo centro comercial… No, perdón más bien re-escribo. Hasta allí estaba de acuerdo yo cuando acepté el trabajo, que prometía un contrato de trabajo. Ustedes sabrán que hombres y mujeres dejaron la vida en la lucha por los derechos del trabajador, que tal vez nuestros padres tuvieron la suerte de conocer, pero que hoy en día parecen haberse borrado con el nuevo “mercado de trabajo”, en el que los que ofrecemos mano de obra no somos más que la carne fresca de hoy pero la basura de mañana.

Hay gente que me sigue diciendo que no me puedo quejar, al menos después de que la cajera que quedó embarazada los denunció a los delincuentes que nos dirigían, vino el control del Estado y todo quedó sellado con contratos a tiempo indeterminado para todos. Esto fue hace siete años atrás, y admito que tuvimos suerte los que nos encontrábamos allí en ese momento, si se piensa en los días que corren, en los que la palabra “crisis” sirve de excusa para abusar de pobre jefes de familias desesperados y hacerlos trabajar en condiciones deshumanas.

Tomemos el caso de un amigo, por ejemplo, que llegó a tener contratos determinados por solamente ocho horas! Hasta que finalmente no lo llamaron más. Los dueños de la fábrica donde trabajaba se dieron cuenta de que reduciendo el personal cabalgaban la ola de la crisis, disfrutaban de beneficios del gobierno y hacían trabajar el doble a los obreros asumidos a tiempo indeterminado, pudiendo prescindir de aquellos trabajadores provenientes de agencias de trabajo, a tiempo determinado, precarios, intermitentes, desesperados, o llámeselos como quiera.

¿Ahora díganme cómo hace un padre de familia a proyectar un futuro para sus hijos con contratos de ese género? ¿El problema son las agencias que cobran el doble o más de lo que viene pagado al obrero, el problema es el Estado que permite que exista un fraude semejante? El problema es del propietario de la fábrica que, cansado de que obreros que hace 10 o 15 años que están contratados a tiempo indeterminado acusen enfermedades inexistentes para no ir a trabajar cuando les toca el turno de noche, prefieran pagar el doble por un obrero descartable? Pero díganme aún ¿cómo se hace para hacerle una sonrisa a los hijos al final de una dura jornada de fábrica cuando se lleva sobre la cabeza la cuerda invisible de la amenaza ya no de despido del trabajo sino, simplemente de no-renuevo del contrato?

Mi amigo me contaba que, había dos clases de obreros en la fábrica: los indeterminados y los precarios, como él. Los primeros abusaban de un privilegio, faltando al trabajo por causas insignificantes, cargando de trabajo y responsabilidad a los segundos, y sobre lavándose las manos por los problemas de éstos. “Sálvese quien pueda, se decía por mis pagos. Mi amigo se quedó sin trabajo, tuvo que inventarse de todo para darle de comer a su familia, dejó el departamento y se fueron a vivir a lo de la madre, pintó casas, cortó pasto, cuidó ancianos. Poco tiempo atrás encontró en la calle a un compañero de la fábrica que tenía contrato indeterminado, y le contó que ahora trabajaban el doble, no tenían más media hora de pausa, y que las condiciones de trabajo se habían hecho insoportables. Probablemente si el primer y el segundo grupo se hubieran unido ahora habría trabajo para todos, y esa fábrica, que crisis no padece, no estaría enriqueciéndose mucho más de lo que lo hacía antes a costilla de todos ellos.

En cuanto a mí y los benditos domingos… bueno ya les contaré en la próxima.



Foto: Gerardo Angiulli

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