30 de noviembre de 2011

Existe el día del padre

Existe el día del padre, si. Y también el día de la madre, justo. Pero no existe un día para festejar a las personas que nos convierten en tales.


No existe un día para festejar a quien se despierta por las mañanas con una sonrisa enorme o con un llanto porque sí.

No existe un día para festejar a quién tiene miedo de la oscuridad, o es feliz simplemente cuando hay sol.

Un hijo es algo especial, y los padres a veces dejamos escapar la infancia entre apurones y obligaciones, preocupaciones y esfuerzos por darles lo mejor. Pregúntele a un niño que prefiere: un par de zapatillas de marca o su mamá.

Cuando estoy demasiado cansada para leer un cuento antes de dormir, mi hijo lo lee a mí. Cuando estoy triste y tengo ganas de llorar, a mi niña le vienen ganas de llorar.

Ella se enoja cuando respondo “A ha” porque dice que no la estoy escuchando, y cuando le repito las últimas palabras de su discurso, me reta otra vez: “No me estás escuchando pero en otro sentido!” Si, es verdad amor, a veces los padres tenemos tanto en que pensar, que nos perdemos las sonrisas, las miradas, los discursos.

A veces escribo las frases que me hacen reír en un diario, o las cosas chistosas que nos pasaron en el día, porque tengo miedo. Tengo miedo que mi memoria limitada no pueda tener archivo de toda esa grandeza para siempre. Tengo miedo que la infancia pase y yo me haya ocupado demasiado por crear un mundo perfecto alrededor de ellos sin darme cuenta que me fui perdiendo lo mejor. Porque entre los regalos más preciosos que me regalan día a día está la posibilidad de volver a ser niña otra vez, junto a ellos.

Por eso cada día es el día del hijo para mí. Cada día es el día para darles besos, abrazos, todo el tiempo. Día para cocinar tortas juntos o tirarnos en el pasto. Día para saltar en la cama y dejar de lado por un momento el orden. Día para olvidarse del cansancio y contar una historia más.

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