6 de octubre de 2011

GRACIAS POR ESTAR AQUÍ




Recuerdo cuando lo conocí. El efecto que me provocó nunca más ningún otro lo pudo provocar. Ni siquiera en su misma condición. La pena que suscitó en mí me movió para hacer algo, para no dejarlo ahí. Estaba por morir, y si no era así tal vez en lo profundo me gusta pensar que lo salvé, lo salvé de lo peor de la raza humana, y aún así no pude darle lo mejor.

Me parecen lejanos ya los días en que el lugar que ocupaba en mi vida pasó a un segundo, y después a un tercer plano. Alguien vió la palícula “Marley y yo”, bueno me vi reflejada en pleno, como la Jennifer Aniston que da todo por su mascota y cuando nacen los hijos prácticamente se olvida de él. Los perros no viven de solo croquetas. Lloré como una loca en esa película. Cuando terminó y prendieron las luces yo seguía llorando, y mi hija de cinco años me decía “Ma, no llores, no es verdad que Marley murió, ves? Es sólo una peli…”

Pero los animales son ángeles a veces, y esperan. Esperan que tu tiempo se vacíe otra vez. Esperan que tus penas tengan necesidad de un escucha incondicional. Esperan que antes o después tus ojos bajen y les dediques un segundo de tu mirada, una fracción de tu caricia.

Mi perro pagó caro ser de una cierta raza. Nacer para esa raza significa estar al servicio de los cazadores, seres privados de humanidad si los hay. Perdido después de los meses de cacería o abandonado por no servir para su función, era un esqueleto con apenas pelo cuando lo encontré, era un ser con miedo a cualquier cosa que se moviera.

Esta viejo ya, y cada vez que lo veo dormir, casi inmóvil, tengo la necesidad de constatar si respira. Muchas veces me he olvidado de él, pero él nunca se olvidó de mi, me esperó siempre incondicionalmente con su cola en alto y sus orejas alegres cada vez que volví a casa.

Cuando Thai, un pastor alemán, encontró el portón abierto y lo atacó, pensé que lo perdería, su corazón está viejo para ciertas sorpresas. Alguien me dijo que le hablara, que le sostuviera el pecho y la cabeza y le hablara, le dijera que se quedara todavía un poco más con nosotros. Te necesitamos, te queremos mucho, significas demasiado para esta familia, sos uno de nosotros, quedate.

Lloré de sólo pensarlo, le dimos todo el amor que una familia puede dar a un animal. Y lo peor pasó, por suerte pasó. Aún cuando vuelvo a casa parece que no me hubiera visto por años. Cuando vuelven los chicos de la escuela no te deja hacer nada si no lo saludan a él primero. Eso le basta, después se vuelve a recostar en el piso del patio, despalmando sus largas orejas en el piso hasta parecer una alfombra. Sus años, inciertos, son muchos, pero aún está aquí. Gracias amigo mío por estar aquí. Gracias por darle a mi vida lo que muchas veces los seres humanos no pueden dar.

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